Urushi
Japan has a centuries-old tradition of producing some of the world’s finest lacquer and crafting exceptional objects from it. Once essential in daily life and highly valued in Europe for its beauty and durability, urushi lacquer fell into decline after World War II, displaced by plastics, Western kitchenware, and cheaper imports from China. Today, less than three percent of the lacquer used in Japan is produced domestically. Only a few skilled sap collectors remain, mostly in Iwate and Daigo Prefectures, continuing a practice passed down through generations.
Urushi lacquerware is durable, repairable, and rooted in a deep respect for natural materials. Recent efforts to preserve the craft include government initiatives to cultivate new lacquer forests and a 2015 policy mandating the use of Japanese lacquer in the restoration of national treasures. Yet despite these measures, the industry faces low profitability and an aging workforce, leaving the future of this cultural tradition uncertain.
Japón tiene una tradición centenaria en la producción de algunas de las mejores lacas del mundo y en la creación de objetos excepcionales con ellas. Antes esencial en la vida cotidiana y muy apreciada en Europa por su belleza y durabilidad, la laca urushi entró en declive después de la Segunda Guerra Mundial, desplazada por los plásticos, la vajilla occidental y las importaciones más baratas desde China. Hoy, menos del tres por ciento de la laca que se usa en Japón se produce en el país. Solo quedan unos pocos recolectores de savia expertos, principalmente en Iwate y Daigo, que mantienen una práctica transmitida de generación en generación.
La laca urushi es duradera, reparable y está arraigada en un profundo respeto por los materiales naturales. Entre los esfuerzos recientes por preservar el oficio hay iniciativas gubernamentales para cultivar nuevos bosques de laca y una política de 2015 que exige usar laca japonesa en la restauración de los tesoros nacionales. Sin embargo, pese a estas medidas, la industria enfrenta una baja rentabilidad y una fuerza laboral envejecida, lo que deja en la incertidumbre el futuro de esta tradición cultural.









